Amistades que echan raíces

Dicen que los amigos son como las partes de un árbol: algunos son hojas, otros son ramas y unos pocos, muy pocos, son raíces. Esta metáfora me ha acompañado desde hace tiempo, pero ha cobrado un nuevo significado para mí desde que migré, desde que me tocó empezar de nuevo en una tierra donde todo es distinto: el idioma, las costumbres, incluso los silencios.

Las hojas son esos amigos pasajeros, los que están solo por una estación. Tal vez fueron compañeros de trabajo, vecinos con quienes compartiste charlas amenas o personas que llegaron justo cuando más necesitabas compañía. Las hojas son bonitas, visibles, te alegran el momento… pero cuando cambia el viento, se van. Y no está mal, algunas hojas vuelan con dulzura y te dejan aprendizajes. Otras caen sin despedirse.

Las ramas son los amigos que te sostienen por un buen rato. Son fuertes, confiables, están ahí en más de una temporada, te apoyan, se doblan contigo cuando la vida pesa… pero a veces se quiebran o simplemente crecen en otra dirección. Las ramas son importantes, y aunque a veces se vayan, dejan huella.

Y luego están las raíces. Esos amigos que no se ven, pero que sostienen todo tu árbol. Son los que te conocen de verdad, que atraviesan las capas más profundas de tu historia. Las raíces no necesitan hablar todos los días, no siempre están cerca físicamente, pero sabes que están. Son los que te recuerdan quién eres cuando se te olvida, los que no se caen con la tormenta.

Hacer amigos así en la adultez es un reto. Y cuando migras, es aún más difícil. No solo estás reconstruyendo tu vida desde cero, también estás intentando sembrar nuevas raíces en un suelo desconocido. A veces te sientes fuera de lugar, como si fueras una planta trasplantada que aún no sabe si va a prender.

Yo también intenté forjar amistades con la prisa de quien necesita un hogar emocional. Me aferré a hojas, esperé demasiado de ramas… y me dolió cuando no floreció lo que yo imaginaba. Con el tiempo entendí que la amistad, como los árboles, necesita tiempo, cuidado y también paciencia.

Hoy valoro mucho más las conexiones genuinas, celebro los pequeños encuentros que me hacen sentir vista, escuchada, acompañada. Y aunque no todas serán raíces, todas me enseñan algo. Porque incluso las hojas que se van, movidas por el viento, me recuerdan que estuve viva, que compartí, que sentí.

En tierra ajena, uno aprende a crecer. A reconocer los vínculos que nutren y a soltar los que ya cumplieron su ciclo. Porque la amistad verdadera no siempre llega con promesas, a veces llega con silencios compartidos, con gestos pequeños, con miradas que dicen “te veo”. Y en medio de la soledad y los comienzos, uno descubre que las raíces no siempre vienen del pasado… a veces se siembran en el presente, con paciencia, y florecen cuando menos lo esperas.

Migrando con propósito

Respuesta

  1. Avatar de Carlos Medellin

    Divina, expresión sincera de tu realidad y la de muchos

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