Las catrachas

Febrero 2019, Honduras.

El momento tan anhelado ha llegado, María de 16 años, su hermanita de 11 y su mamá de 37 han reunido el dinero necesario para salir del país que las vio nacer, la conversación con el coyote ha sido clara, 9.500 dólares será el valor que deberán pagar para lograrlo.

El «coyote» les ha generado la seguridad suficiente para llegar al otro lado de la frontera. Este negocio se basa en la confianza, puesto que para cruzar de un país a otro se corren múltiples riesgos, que pueden costarles dinero o incluso perder la vida para alcanzar el sueño americano.

María y su familia se disponen a empacar en un pequeño maletín lo estrictamente necesario para emprender un viaje desde San Pedro Sula hasta Copán, Honduras, donde se encontrarán con un grupo de migrantes que al igual que ellas buscan cruzar la frontera y llegar a los Estados Unidos.

El sol se oculta y el plan se pone en marcha, la noche es la mejor amiga de los migrantes puesto que representa un periodo de tiempo invisible ante los ojos de la ciudad.

Las primeras 14 horas de recorrido en carro con destino a la frontera de Guatemala transcurren con tranquilidad y sin policía, sin embargo, la travesía en bus entre la frontera de Guatemala y México no cuenta con la misma suerte, la policía guatemalteca arresta a algunos de los migrantes sin documentos. Tan sólo 15 de ellos logran pagar 50 quetzales (7 USD) por persona para ser «ignorados» durante la pesquisa, 3 de ellas son las catrachas.

«Dios los cubra y los guarde«, es la frase de despedida de los policías que se desvanece mientras el sonido del motor del bus se pone de nuevo en marcha. Un par de horas más tarde el transporte debe cambiar, es tiempo de subirse a las lanchas que se encuentran esperando para cruzar hacia la frontera de México.

Grupos de 5 o 6 personas abordan por turnos la única lancha disponible, mientras que del otro lado hay taxis esperando para trasladarlas a casas donde los diferentes coyotes esconden migrantes de todo el mundo.

Aquí la situación se torna más difícil, gran porcentaje de la policía es corrupta y las bandas criminales están al acecho. El territorio mexicano es extenso, algunas rutas son ya conocidas y otras son vendidas por algunos falsos coyotes a pandillas que se encargan de extorsionar, secuestrar o asesinar a algunos de los migrantes, por lo que deben ser muy cuidadosos.

Es un nuevo día, todos tienen un tiquete de bus y un pase mágico para cruzar el primer control policial, unas papitas de la marca «Lays» amarillas sin abrir son distribuidas entre ellos. Todo aquel que las tenga entre sus brazos completamente selladas será evadido, es un trato previamente pago por el coyote. No importa si tienen hambre, si están dormidos o muy cansados, ese paquete de papas es el paz y salvo para esta ruta.

Después de un largo recorrido llegan a unas bodegas para dormir y alimentarse, las estadías son cortas y los mueven con frecuencia de lugares para no despertar sospechas. Inclusive los conductores y coyotes cambian de ropa constantemente para evitar ser vistos, son profesionales en aparecer y desaparecer.

Hay un cambio en la ruta, les notifica el coyote...

Al parecer la policía no aceptó el trato, por lo que deben caminar hacia la montaña durante 2 horas hasta llegar al «naranjal». El recorrido es extenuante, el cuerpo está desgastado, ver a niños sin sus padres y ancianos batallando contra las extremas condiciones del trayecto afecta emocionalmente al grupo. María ve los naranjales y el instinto la lleva a tomar tantas naranjas como puede, son días difíciles donde comer y dormir son todo un lujo, así que disfruta como puede ese manjar.

Están cansadas, pero deben seguir. Hay varios vehículos esperando y 7 horas de camino por delante para llevarlas hasta Reynosa, al noreste de México. La ansiedad es permanente pero por fortuna llegan al punto indicado donde deben pasar la noche dentro del carro y esperar por el coyote.

María se aferra a su hermanita, es su protectora.

Son las 10:00 am y las instrucciones del coyote son claras. La mercancía es arrojada a un basurero para poder acercarse a las lanchas que las ayudaran a cruzar el Río «Bravo». Las 3 tienen su mente llena de incertidumbre pero la fe intacta.

El temido río no se ve tan «bravo» en estas condiciones, atravesarlo caminando es terrorífico, el poder de su corriente arrasa sin clemencia alguna. Del otro lado María se repite así misma las indicaciones del coyote – Seguir hacia adelante y girar a la izquierda– así que camina sin parar en medio del desierto, es increíble la sensación de soledad, aún cuando a su alrededor hay otros migrantes luchando por sus propias vidas.

María se detiene atónita, un jabalí está frente a ella – por favor que alguien aleje a este cerdo de mí – piensa, mientras se escabulle y sigue hacia adelante, la única dirección que la puede llevar hasta donde sus ojos se encuentran, el gran puente fronterizo.

Ahí están ellas esperando a ser encontradas por la patrulla que se aproxima, saben que por ser menores de edad tiene una protección especial con beneficios diferentes a los de adultos sin hijos menores que cruzan la frontera. Los oficiales se acercan y se aseguran de retirarles cordones y coletas del cabello antes de subirlas a la patrulla y llevarlas a su siguiente destino, el ICE.

· La hielera ·

Revisan sus cabellos para asegurarse de que están libres de piojos y las encierran en unas hieleras de paredes blancas, piso de cemento y un cubículo que funciona como baño público. Todas las personas se encuentran cubiertas con papel aluminio, el frío es extremo.

No hay noción del tiempo, ni mucho menos reloj, sólo una luz blanca permanentemente encendida y dos refrigerios que permiten saber que es hora del desayuno y de la comida. María recuerda claramente el menú, pan con mortadela de la marca bologna, goldfish y un jugo de caja de 50 centavos. Desde ese día no ha vuelto a comerlo sin sentir que está de vuelta en ese lugar.

Un agente de migración les hace preguntas de rutina; nombres, edades y motivos de ingreso al país. Este es un momento clave para las catrachas, María y su hermana son menores de edad, por lo que tienen la oportunidad de no ser deportadas y solicitar un proceso en la corte con permanencia en el país, incluida su mamá.

Para esto, un familiar o número de contacto debe ser otorgado al oficial, quién se encarga de llamar y preguntar si esa persona se compromete a hacerse cargo de ellas durante este proceso. Su familiar no contesta.

Al parecer han pasado tres días, tiempo máximo para estar recluidas en esta sede migratoria, así que son trasladadas a San Antonio, Texas. Revisan sus cabezas nuevamente y las llevan a las jaulas.

· Las jaulas ·

Las separaron… Llegan a unas bodegas grandes enrejadas con colchonetas en el suelo y cobijas de papel aluminio. Niños, niñas y adultos son alejados unos de otros, así que María y su hermanita están en una jaula encerradas sin ver a su madre.

Es la primera vez que le permiten bañarse y lavar su ropa. Las «despiertan» para hacer conteo y verificar que nadie se escape, aunque nadie duerme por la sensación de angustia y los llantos de los bebés.

María recuerda a una niña de 6 años llorar. Cruzó sola la frontera, dice que extraña a sus abuelos con quienes vivía en Guatemala; trae aprendido el número de su madres, es el contacto al que deben llamar, ella es quien la está esperando.

Las catrachas están juntas de nuevo, serán trasladadas a un nuevo albergue en Mcallen, Texas. Su familiar sigue sin contestar.

· Pájaro rojo ·

Los siguientes doce días los pasan en una casa hogar, el primer ambiente tranquilo desde que salieron de Honduras. Oficiales migratorios las reciben y les dan una charla con abogados que las asesoran sobre su caso de asilo.

Cada persona tiene una identificación que debe portar permanentemente, se asigna ropa, alimento y casas entre las áreas de pájaro rojo, oso azul y tortuga verde. María y su familia pertenecen al primero.

Su rutina empezaba a las 6:00 am para desayunar, organizar su cuarto para pasar la revisión diaria de los oficiales, volver al restaurante para almorzar a las 11:00 am y volver a dormir a las 4:00 pm.

Podía jugar, tomar clases con profesores mexicanos, pasar tiempo con otros grupos del área y sentir la tranquilidad de despertar cada día en un lugar a salvo.

Parte del proceso incluye una revisión médica, que en María significó un examen físico y 16 vacunas de protocolo, puesto que no traía su certificado y si deseaba ingresar a una escuela en los Estados Unidos lo iba a necesitar.

Los días en la casa hogar no fueron malos, María trataba de hacer amigos porque no sabía que tan larga iba a ser su estadía. Algunos se quedaban tres días y otros seis meses o más.

¡Su contacto por fin contestó!

La cita con el oficial migratorio se lleva a cabo con un traductor. Las catrachas cuentan la historia de por qué dejaron Honduras y los motivos para entrar al país, el veredicto es positivo, el oficial firma la salida y le da luz verde a su familiar para comprar los tiquetes de bus desde Texas a Washington DC.

En la terminal los agentes se aseguran de llenar los formularios de la compañía y revisar los tiquetes hacia el destino de cada uno de los migrantes, además de devolverles sus pertenencias, aunque sean pocas.

Paulatinamente cada grupo es liberado, las catrachas son las primeras, pero a los siguientes grupos se les asignan grilletes de rastreo en los tobillos, es cuestión de azar.

El bus parte desde San Antonio, Texas y hace cuatro paradas en los tres días de recorrido.

  • Arizona 
  • Tennessee
  • Rockville 
  • Springfield

La mayoría de quienes van a bordo no saben leer ni escribir, así que María se encarga de indicarle a los pasajeros donde bajarse, además de ayudar a las mujeres que van enfermas y al niño que tiene inmovilizada su pierna porque se fracturó al caer del muro.

Están a punto de llegar, María sigue mirando por las ventanas, pero sin darse cuenta el bus se detiene, han llegado al último destino y el punto de encuentro con su familiar era la anterior terminal. Llama rápidamente a su tía y le explica dónde se encuentra. La distancia no es mucha así que esperan un poco más en Union Station, en Washington DC.

El esposo de su tía es el encargado de recibirlas, así que cuando María lo ve llegar a la terminal finalmente tiene la convicción de que han llegado a los Estados Unidos. ¡Después de un mes, Lo han logrado!

Deja un comentario

Descubre más desde Ojalá

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo