En medio de una noche de invierno voy camino a la estación para abordar el último tren programado del día, me detengo un instante a contemplar esta ciudad, Washington D.C es tan hermosa que es imposible no admirarla.
Hoy es uno de esos días donde sobre pienso la vida y me obligó a disfrutar de los pequeños instantes que me rodean. Es tan fácil pasar desapercibidos por las premuras de la vida que olvidamos lo más importante, vivir.
¿Qué será de nosotros en los próximos años? Me pregunto si alguien a ciencia cierta lo sabe, por ahora todo se resume en planes y proyectos, pero es innegable que hay una presión extra derivada de la edad especialmente cuando se ha de llegar a los 30.
Lo que no entiendo es porqué hay tanta tensión social en este número, quién se inventó que a los treinta debíamos ser económicamente y emocionalmente estables en la vida, o es este el punto máximo de felicidad al que se llega en nuestra existencia y nadie me lo había dicho… ¡La verdad tampoco me lo creería!
Reviso las pantallas con los itinerarios e identificó el número de tren que está asociado a mi pasaje, se encuentra agendado pero la puerta no ha sido asignada. Esperar me genera un poco de ansiedad pero me tranquilizo al ver el reloj, llegué con suficiente tiempo.
Sala de espera
Esperar es un tema que nos afecta a los seres humanos, pues tenemos una necesidad absurda de tenerlo todo ya, sin entender que las cosas llegan cuando estamos preparados para recibirlas y no cuando obstinadamente queremos tenerlas.
Las cosas toman tiempo, los procesos son exactamente P R O C E S O S.
Es por eso que el tiempo es relativo y depende de cada individuo como lo asume, algunos creerán que la vida va volando y algunos otros sentirán lo eterno que se hacen los días.
Ahora mismo estoy sentada viendo personas conversar, tomar café y mirar su celular esperando que el tiempo pase, mientras otros van de afán, corriendo con sus maletas buscando desesperadas por la sala de espera correcta, deseando que el tiempo se detenga. Todos aquí estamos viviendo el mismo tiempo desde perspectivas alternas.
Se agota y no regresa
La vida es corta y efímera, las oportunidades llegan, los sueño se materializan, las personas vienen y van y al final lo que queda antes o después de los 30 es todo lo vivido. Hoy no tengo todas las riquezas que añoraba a los 18, porque entendí que rico no es quien tiene más sino quien necesita menos.
También aprendí que eso que anhelaba cuando tenía 15 o 20 años atrás no era un sueño propio, sino un deseo construido a través de lo que la sociedad en la que me encontraba consideraba correcto y oportuno.
Con los años se es más reflexivo, más emocional y más crítico. Porque así como las frutas maduran bajo las condiciones y el tiempo adecuado, las personas también lo hacen. No importa cuán fuerte agites un reloj de arena, cada grano caerá a su tiempo.
Nadie puede determinar en qué punto de la vida te encuentras o a dónde deberías ir, sólo tú tienes la capacidad de decidir a dónde apunta tu felicidad, sin olvidar claro, que no somos el centro del mundo sino que hacemos parte de él.
Con todas estas certezas puedo decir que no tengo hijos, no estoy casada y no me ha dejado el tren. Porqué trenes pasan constantemente y es decisión propia donde subirse y donde bajarse.
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